Salimos, como viene siendo habitual, bastante temprano, ya que el trayecto en autobús hasta Illano es largo. Después de pasar por Boal todavía nos quedaban unos 24 kilómetros por una carretera muy sinuosa, con numerosas curvas y que además se encuentra en obras en algunos tramos por los trabajos de mejora y ensanchamiento. Por eso, el viaje se hizo con algo más de precaución de lo habitual, teniendo en cuenta además las dimensiones del autobús.
Antes de continuar hacia Illano hicimos la parada para desayunar en Navia, donde nos esperaba, como siempre que pasamos por la zona, nuestro amigo Santos, presidente del Club de Montaña Peña Furada. Allí se quedó el pequeño grupo que había elegido la alternativa y Santos se encargó de acompañarlos. Les propuso realizar el segundo tramo de la senda costera naviega, desde la playa de Frejulfe hasta la playa de Navia, y además les facilitó el desplazamiento hasta el punto de inicio.
Mientras ellos comenzaban su recorrido por la costa, nosotros volvimos al autobús para continuar hasta Illano.
Llegamos al área recreativa de Folgueirou, nuestro punto de partida, situada junto a las conocidas piscinas de Illano. Es un espacio amplio y muy agradable, con abundante sombra, mesas, fuentes, cafetería y restaurante, perfecto para pasar allí unas horas. De hecho, fue allí mismo donde comimos durante la jornada de reconocimiento que habíamos realizado previamente.
Comenzamos a caminar por una pista que discurre entre pinos y que es, probablemente, el tramo menos atractivo del recorrido. Es un tramo sencillo que poco a poco nos va acercando al río Navia y al primer mirador, desde donde ya podemos contemplar el puente colgante. Allí aprovechamos para hacer la primera foto del grupo, aunque no conseguimos reunirnos todos porque algunos compañeros ya habían tomado cierta ventaja.
Desde ese punto continuamos descendiendo hasta llegar al puente colgante de Illano, que cruzamos disfrutando de las vistas que ofrece sobre el río Navia y las montañas que lo rodean. El puente tiene una longitud considerable y, mientras lo atravesábamos, aprovechamos para detenernos a contemplar el panorama desde allí, con unas vistas especialmente bonitas del río y de todo el entorno.
A partir de aquí comienza la parte más bonita de la ruta, aunque también empieza a hacerse algo más exigente. Dejamos atrás la pista y vamos atravesando pequeños pueblos y aldeas, alternando zonas abiertas con otras de bosque y diferentes puntos desde los que podemos contemplar el Navia desde lo alto. Y empiezan también los "repechinos" y alguna que otra rama con pinchos que nos recuerda que estamos caminando por un entorno algo menos acondicionado.
En Bullaso hicimos una primera parada para tomar un pequeño tentempié y descansar un rato. Habíamos esperado hasta llegar a la iglesia porque su soportal nos ofrecía un lugar perfecto para protegernos del sol. Allí, además, hay unos bancos donde pudimos sentarnos tranquilamente, tomar algo de fruta y reponer fuerzas antes de continuar.
Seguimos después hacia Lombatín, donde se encuentra uno de los lugares más interesantes del recorrido: el mirador de Tiracais. Su historia aparece explicada en un panel informativo situado en el propio mirador y también nos la había contado Gisela, presidenta del Grupo Amigos de Boal, que nos acompañó durante la ruta de reconocimiento y que, siendo de la zona, conoce perfectamente su historia y su entorno. Según nos explicó, Tiracais significa «tirar a los canes» en la fala de la zona.

El mirador cuenta además con un banco que fue construido por un vecino de Lombatín durante la pandemia. Aprovechando aquel periodo, decidió dedicar parte de su tiempo a realizar diferentes trabajos y mejoras en la aldea, y este banco es una de ellas.
Un poco más adelante, ya dentro de la propia aldea, encontramos también otro de sus trabajos: un columpio colocado en plena ladera. Este fue uno de los puntos en los que nos detuvimos durante bastante tiempo, tanto para disfrutar de las vistas como para hacer fotos y vídeos. Entre el banco, el columpio y el paisaje que se contempla desde allí, es sin duda uno de los lugares más fotografiables de toda la ruta. Junto a él había además una pequeña zona preparada para los visitantes, con una piedra a modo de mesa, un libro, una hucha y algunos adornos donde poder dejar un recuerdo del paso por allí. Y así lo hicimos también nosotros: Yolanda escribió en el libro una pequeña nota sobre la visita de Pisasenderos.
Todo este tramo está además lleno de pequeños detalles que llaman la atención. Hay placas con textos escritos en fala, dibujos, piedras pintadas, calabazas decoradas y otros elementos que aparecen a lo largo del recorrido. Es el mismo trabajo que fue realizando este vecino de Lombatín durante aquellos meses de pandemia y que, además de mantenerle entretenido, ha conseguido darle un carácter muy particular a este tramo del camino.
Continuamos la marcha y fuimos dejando atrás Lombatín para adentrarnos de nuevo en zonas de bosque. La ruta ofrece bastante variedad de paisajes: desde las vistas sobre el río hasta los pequeños pueblos y las zonas boscosas, con abundante vegetación y árboles de todo tipo, entre ellos castaños, avellanos y numerosos frutales.
Parte del recorrido forma parte de la Senda del Navia y, ya en el tramo conocido como Camino de los Abuelos, nos adentramos en una zona de bosque antes de afrontar el final de la ruta. Fue allí, buscando la sombra, donde decidimos hacer la parada para comer.
Ya era bastante tarde y tocaba sentarse un rato. Buscamos un lugar de sombra y allí sacamos nuestros bocadillos para comer tranquilamente y descansar antes de afrontar los últimos kilómetros. Fue también en esta parada cuando Hernán repartió entre los compañeros las ya conocidas galletas de Celia, que, como siempre, volvieron a triunfar.
Después de la comida retomamos el camino hasta salir del sendero a la carretera. Justo en ese punto encontramos un arco de madera tallado que señaliza la Senda del Navia, Camino de los Abuelos y el PR, que indicaba que ya estábamos prácticamente en el final.
Desde allí continuamos por la carretera hasta el puente de Ciyua, que cruza sobre el embalse de Doiras y la presa.
Aquí teníamos cierta incertidumbre sobre si el autobús podría bajar hasta el mismo punto de final de ruta. El acceso es complicado para un vehículo tan grande y existía la posibilidad de que tuviéramos que caminar unos 800 metros por carretera, en ligera subida, hasta encontrarnos con él en la carretera general. Después de los kilómetros que llevábamos, no era precisamente el tramo que más ganas teníamos de añadir a la caminata.
Finalmente no fue necesario. El autobús pudo llegar hasta el mismo embalse de Doiras y allí nos recogió, así que pudimos subir directamente y poner rumbo a Navia.
El viaje de regreso nos tenía reservada una sorpresa. Habíamos disfrutado de una jornada de sol durante prácticamente todo el recorrido, pero cuando circulábamos entre Boal y Navia comenzó a caer una fuerte granizada. No fue simplemente una tormenta con algo de granizo: las bolas eran bastante grandes y llegaron a cubrir de blanco algunos puntos del paisaje.
En Navia nos reunimos de nuevo con el grupo que había realizado la alternativa por la costa. Ellos habían terminado su recorrido en la playa de Navia y, gracias nuevamente a Santos, habían podido comer en un restaurante. Ese día estaba siendo especialmente complicado encontrar sitio, ya que Navia se encontraba a tope con la celebración del Festival de la Sidra, pero consiguió que les atendieran y después pudieron aprovechar para pasear por la villa.
Cuando llegamos, después del viaje en autobús, también tuvimos tiempo para cambiarnos, refrescarnos y disfrutar de Navia antes de regresar. Algunos aprovecharon para dar un paseo, otros para tomar algo y cada uno organizó ese último rato como quiso. Y, aunque había pasado ya alrededor de una hora y media desde la granizada, todavía podían verse restos de las bolas de hielo por las calles de Navia.
Al final, la jornada ofreció distintas posibilidades para disfrutar del día: la ruta oficial por Illano y la alternativa por la costa, el bosque, el río Navia, los miradores, los pueblos y aldeas de la zona, el banco y el columpio de Lombatín, la comida al aire libre y la comida del grupo que se quedó en Navia. Y también tuvimos sol y una buena granizada, que puso la nota final a una jornada bastante completa.
Y es que el interior del occidente asturiano, aunque queda algo más alejado y quizá por eso no recibe en verano las grandes cantidades de visitantes que encontramos en otras zonas, tiene precisamente en esa menor afluencia uno de sus atractivos. Son lugares donde todavía se puede caminar con tranquilidad, disfrutar de la naturaleza y encontrarse con pueblos, bosques, ríos y paisajes sin las aglomeraciones que hay en otros puntos. Illano es un buen ejemplo de ello: una zona tranquila, con mucho por descubrir y con suficientes rincones y posibilidades como para disfrutar de una jornada tranquila.
¡Hasta la próxima aventura!
Video:
Para ver la descripción de la ruta e itinerario que seguimos: AQUÍ

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